Recursos teológicos y pastorales

lunes, 26 de marzo de 2018

Misioneras Dominicas: del ROSARIO



Misioneras Dominicas: 
 del ROSARIO


Introducción

Monseñor Ramón Zubieta y Madre Ascensión Nicol fueron los fundadores de las Misioneras Dominicas del Rosario, congregación religiosa que nace en Perú en el año 1918. En la historia de la Iglesia estas fundaciones nacen y se aprueban canónicamente por necesidades teológicas, pastorales, espirituales y sociales, requeridas por la humanidad doliente. No nacen de un sueño sin realidad, sino que brotan de la vida, la experiencia, las exigencias no cubiertas que las personas demandan, aunque ellas mismas no lo sepan.

Ramón Zubieta asume, como obispo misionero, la Prefectura Apostólica de Urubamba y Madre de Dios (1900), actual Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado, Amazonía Peruana. Acoge la tarea con todo su ser, dejándose impactar por la novedad de Dios en esas tierras lejanas de su país. Deseamos, en este sentido, identificar no sólo su llegada a la misión, sino el cómo y el por qué llega, así como las cosas que le impactan.

En contacto con estos pueblos originarios, algunos desconocidos por las mismas autoridades peruanas, Zubieta tiene especial sensibilidad por la realidad de la mujer en la selva. Su compasión no es casualidad de la vida, está engendrada en su historia personal, en su experiencia familiar con las mujeres de su casa y, de manera especial, en su espiritualidad mariana, propia de los integrantes de la Orden de Predicadores.

Cuando leemos en sus escritos “Me conmovió profundamente la situación de la mujer en la selva. Desde ese momento se me clavó en la mente y en el corazón la idea de remediar tanta vileza y no veía otra manera de introducir en el apostolado de la Montaña la colaboración de religiosas. Sólo ellas podían penetrar en el alma de esas mujeres y darles a conocer su propia dignidad…”, hemos de relacionar el hecho con un perfil de masculinidad auténtica, para un hombre de su tiempo. Dentro de este contexto se localiza su relacionamiento con las primeras hermanas de la congregación y, de manera especial, con Madre Ascensión Nicol, también española y dominica. Ambos, impregnados con un fuego irresistible para hacer la voluntad de Dios, que ninguna persona desconozca a Cristo, y pueda vivir con la dignidad que exige ser imagen y semejanza de Dios.

Cuando Zubieta regresa de Perú a España tiene su visión clarificada, volver a la selva e incorporar a la mujer en la obra misionera. Es así que Madre Ascensión, por su perfil, se destaca, y en breve ambos asumen una complicidad evangelizadora que los llevará a ser lo que hoy son: fundadores de esta extraordinaria obra en las que miles de mujeres se han consagrado desde sus inicios, contagiando también a hombres y mujeres laicos, que siguen a Cristo inspirados en este valioso carisma. Por la fe de nuestros fundadores nos llamamos como nos llamamos: Misioneras Dominicas del Rosario. Este apellido, nuestro carnet de identidad carismática, tuvo que sintetizar, inequívocamente, la espiritualidad que les distinguía.

En esta ocasión vamos a detenernos en uno de los tres enfoques que componen el nombre de la Congregación: Misioneras Dominicas del Rosario. Meditaremos sobre el Rosario, y con Él la presencia de María en la obra y misión que hemos acogido en el seguimiento de Jesús.



Punto de Partida

¿Qué cosas has escuchado del Rosario? ¿Con cuál te identificas y por qué? ¿Cuál ha sido tu experiencia?

Profundización

En lo referente al Rosario[1]

El Rosario tiene su base en la Biblia: es un resumen del Nuevo Testamento. Aunque se distingue por su espiritualidad mariana es una oración centrada en Cristo, o sea, es cristocéntrica. Mediante él se “ora con los labios, se medita con la mente y de ama con el corazón”. Puede ser comparada, las aves marías, como la música de fondo con la cual se contempla los misterios de la vida de Jesús, y los misterios de nuestra existencia. En este sentido, un rezo del Rosario que no tenga en cuenta los misterios cristológicos, se convierte en oración estéril, sin sentido, sin significado. El Rosario es, entonces, un método sencillo, no el único, para introducirse en los cosas sagradas de Jesús. En este sentido, a simple vista, no puede saberse lo que ocurre en el interior de una persona que se encuentre recitando alguno de los 20 misterios que la Iglesia ha identificado como los más especiales en la vida de Jesús.

Desde sus inicios, para la orden dominica (confirmada en 1216), el Rosario ha tenido el sentido del propio carisma: “contemplar y dar, a los demás, lo contemplado”. Por estas razones, la tradición muestra a Santo Domingo, fundador de la Orden, recibiendo el Rosario de manos de la Virgen María. Por el rol que ha jugado Santo Domingo en la divulgación y promoción del Rosario, se le ha considerado también fundador de éste.

Con todo, el origen del Rosario tiene una interesante tradición que, a grandes rasgos, intentamos resumir: posiblemente, para el Siglo X una orden Cluniacense importantizó la oración coral comunitaria. En el monasterio habían dos tipos de monjes y monjas: algunos rezaban con el salterio (150 salmos bíblicos) escogidos conforme al tiempo litúrgico; y aquellos no letrados, que rezaban 150 Padrenuestros al día, mientras laboraban.

En el Siglo XII, la orden Cisterciense (1098), da relevancia al culto mariano. Su principal teólogo, san Bernardo de Claraval, impulsó la imagen de María como Madre, más que como Reina, propio del Siglo V. Es él quien inaugura el título “Nuestra Señora”, “Nuestra Madre”. De ahí que, poco a poco, a esos 150 Padrenuestros le fueron incorporando Salutaciones marianas. Se rezaba la primera parte tomada de Lucas 1,28-33, donde narra el encuentro del Ángel Gabriel con la joven María. Interesa destacar, aquí, que el Rosario nace entre los más pobres, los sencillos, que no tienen letras, pero que desean comunicarse con el Señor, tomados de la mano con la Madre.

En el Siglo XIII se gesta el Salterio de María y comienza así a generalizarse el uso de rosarios como “contadores”. En el Siglo XIV las Órdenes mendicantes (Franciscanos, Dominicos, Carmelitas, Agustinos) van a difundir el rezo del Salterio de María en sus predicaciones, así como entre laicos que acompañaban espiritualmente. En el Siglo XV se crea el Avemaría completo, añadiendo la segunda parte “Santa María…”. Hay dos apariciones de la Virgen reconocidas por la Iglesia Católica: en Lourdes (1858), donde pide expresamente que se rece el Rosario, y en Fátima (1917), donde ella se llama así misma “Nuestra Señora del Rosario).

María desde el Rosario

Si cuando hablamos del Rosario hablamos de Evangelio, entonces abramos el Evangelio para conocer más de María. Aquí ella es la Madre de Jesús. Ha sido escogida por la Trinidad, es la misma Trinidad que le ha dado un lugar. No fueron los profetas, ni las profetisas, no fueron sabios ni sabias, sino que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la han situado en un lugar privilegiado. Cuando hablamos de “lugar privilegiado” nos referimos al lugar que otorga el vivir bienaventuradamente: pobre, mansa, sensible, hambrienta, sedienta, misericordiosa, limpia de corazón, pacífica y trabajadora por la paz, perseguida, injuriada, perseguida, etc. Ella, que se vacía de sí, para llenarse de gracia es rostro femenino, junto con la Ruah, “Espíritu”, en el proyecto histórico-salvífico, muy bien manifestado en la Sagrada Escritura.

En la Sagrada Escritura encontramos hombres y mujeres que han hecho grandes prodigios. Muchos de los hombres y las mujeres bíblicos son conocidos por sus heroicas presencias en medio del pueblo de Dios. Con todo, en la persona de María tenemos una presencia sencilla, humilde, cuya grandeza se sintetiza en la calidad de su entrega: “Hágase en mí tu Palabra” (Lucas 1,38). María es mujer que se dispone a la transformación personal, donde se engendra la transformación social. Cuando recitamos el Rosario, entramos con ella en el morir a sí mismo, para que sea la Palabra que germine dentro; así como en su persona se encarna la Palabra, siendo sagrario humano, templo fecundo y fértil, que acoge la misericordia de Dios en la tierra.

Aunque la íntima relación de María con Jesús impida separarlos, ella, madre de la prudencia, sabe ocupar su espacio en este proyecto. Su alegría es conducir hacia al Hijo. Pocas veces los evangelios la presentan en la vida pública de Jesús. Con todo, mediante el Rosario, se visibiliza. Es como si, a través, del Rosario, se abriese una ventana en lo cotidiano de Nazaret. Ella no está distante en la vida de Jesús, aunque no siempre aparezca en la literatura neotestamentaria.

Entendamos que mientras Jesús actúa conforme a los designios del Padre, ella es sencillamente presencia discreta; es también presencia operante, para que nunca falte lo necesario. De vez en cuando aparece, como si se tratase de un filme. Cuando se menciona explícitamente son en las situaciones más críticas: cuando él es tenido como un loco, cuando es calumniado, cuando falta vino en una boda, cuando está en la cruz…Ella casi siempre está detrás del telón, cumpliendo y viviendo la Palabra, inyectando vitaminas espirituales a los mismos que le siguen de cerca en todos los escenarios sociales. De ahí que la tengamos tres veces madre: una por haberlo llevado en su seno, otra por ser mujer obediente a la voluntad de Dios, otra por asumirnos en la fe como hijos e hijas.

María es mujer en salida. Sale de sí misma. Es peregrina de la fe. Es mensajera de Buena Nueva. Es impulsora de la cultura del encuentro. Entendamos que estos rasgos marianos aguardan ser cultivados en el buen uso del Rosario. Si en un primer momento el Rosario lleva hacia el interior, donde están las raíces medular del ser humano, en un segundo momento, sin tener frontera, impulsa al exterior. El ejemplo queda más evidente en el Magníficat (Lucas 1,46-55). En este hermoso salmo mariano, ella primero observa lo que Dios va haciendo en ella y por ella:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador,
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

En otro momento, María saca los ojos de sí misma, tornándose voz de los más pobres, y canta el futuro cierto de la humanidad sufriente, desde la fe ya lo considera inmanente. A los ojos marianos el Reino ha llegado, y lo pregona convencida:

“Él hace proezas con su brazo,
dispersa a los soberbios de corazón.
Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.
A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos”.

María nos enseña a poner los ojos en la grandeza del Señor, y esta grandeza, conforme al propio Magníficat, es su Misericordia: “Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”. “Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia”. Hemos de considerar que el Rosario, meditado en su sentido fecundo, es un lazo de unidad, que integra a la humanidad, con toda la creación, en la conciencia de que existe un solo Dios, cuya fidelidad es eterna.

La pedagogía del Rosario nos introduce a la virtud mariana de saber escoger lo que se guarda y se conserva en el corazón (Lucas 2,33). Para ser hombres y mujeres sabios y sabias, proféticos y proféticas, hemos de saber discernir, optar por lo bueno, y lo bueno es aquello que está disponible para construir el Reino predicado y vivido por Jesús. Porque de lo que está lleno el corazón es lo que habla la boca. Lo que se dice por la boca es el sello de nuestra propia personalidad. En este sentido, el Rosario meditado se introduce en nuestra conciencia para encender como un farol la luz del Evangelio. Él orienta y dirige nuestros pasos en la cotidianidad de la vida. Nos lleva, al mismo tiempo, a contemplar los misterios de nuestra propia existencia, y los misterios de la humanidad, porque el Rosario nos hermana a todos los pueblos y culturas.

Misioneras Dominicas del Rosario

Ambos fundadores de las Misioneras Dominicas del Rosario han visto en María la mejor aliada para la obra misionera. De ella dice el Papa Francisco “María es la mujer capaz de transformar una cueva de animales en un lugar acogedor donde nace el Mesías”. La teología católica coloca a María por encima de los apóstoles. Ella, más que nadie ha tenido intimidad con Jesús. Y es en esta gran Madre donde nuestros padres fundadores han querido confiar la Congregación, en calidad de intercesora y abogada.

Con María este proyecto misionero hunde sus raíces en un profundo anhelo de transformación personal y social. Junto con la salvación de las almas, como bien señalan, es la dignificación del ser humano en su manera integral, lo que implica compromiso por los derechos y deberes humanos. Ellos, los fundadores, son el vivo ejemplo de que la espiritualidad mariana, no se limita al rezo del Rosario, pero tampoco lo excluyen.

Los fundadores lo han considerado así, y testimonian horas de intensa relación con Dios, en la Eucaristía, las Liturgias de las Horas, el rezo del Rosario. Pero estos actos que unen a la Iglesia universal, no se culminan ahí, se proyectan a la vida. Es como si estos espacios ejercitaran la contemplación perpetua, generando actitud de vida, de oración constante. Salen de la capilla, pero no salen de Dios. Dios también está en los nativos, hombres, mujeres, niños, niñas, naturaleza entera...  Y es de ahí donde nace la profundidad y el convencimiento de su compromiso. No dudan en poner en las manos de María toda la congregación, medida de almas místicas y confinadas en su extraordinaria intercesión para el bien de todo lo creado. Cerramos este momento con dos textos. Uno del Padre Fundador y otro de la Madre Fundadora:

El rezo del Rosario era el instrumento de paz y sosiego al finalizar las duras jornadas expedicionarias por los ríos de la selva. Trascribimos una de esas entrañables escenas en las palabras del buen misionero, P. Wenceslao, admirador y compañero de trabajos del P. Zubieta: «Todo ya en marcha, señalados los sitios de cada pasajero bajo la carpa, hirviendo ollas a todo ful, y antes que alguno se tumbe a la larga sin otro aviso ni preámbulo, se persigna y santigua con parsimonia y con voz clara comienza el rezo del Rosario. Nadie se extraña, ninguno remolonea, todos contestan, aunque algunos han de estar cuidando las ollas, probando el caldo o soplando el fuego; aquello es un hogar cristiano donde reina el amor, la paz. ¡Playas benditas del Tambopata, que daréis testimonio de tantas fervientes plegarias que desde vosotras se elevaron al cielo implorando la salvación de las almas de los infieles de la Montaña!».[2]

El siguiente texto de Madre Ascensión Nicol, nos deja escrito tras los Ejercicios Espirituales de 1933 esta preciosa descripción de lo que fue su vida. Llama la atención dicho relato, porque refleja su vínculo con su amor por el Rosario y su estrecha relación con María:

“El alma que se ofrece como víctima, es como si dijera a Dios: Aquí me tienes para cumplir tu voluntad; heme aquí para sufrir, para amar, para inmolarme, callar, no desear cosa alguna fuera de Ti.” “Un alma víctima es un alma que se entrega sin reserva y que no tiene elección propia; pronta a todas las luchas, a todos los sufrimientos; alma que no tiene interés propio, vida propia. Su vida es la de la pura fe de amor constante.”

“Es alma que huye de mirarse a sí misma, ni tenerse en cuenta para nadie; alma amable, apacible, bajo la acción de Dios; alma divinizada: la voluntad de Dios puede obrar libremente en ella, como si se tratara de un ser inanimado. Esa alma es para Dios objeto de goce y alegría. Puede hacer de ella lo que agrade a su querer, en cambio sólo le devolverá amor. Será otro Cristo, sus acciones serán como gotas de sangre que al caer sobre las almas, pondrán de relieve la obra de la Providencia.”

Consideraciones finales

Este espacio final es para ti. Deseamos que puedas conversar en torno al texto.

1.       ¿Qué te ha llamado la atención?
2.       ¿Qué sentimientos te ha suscitado?
3.       ¿Cuáles cosas han sido novedosas?
4.       ¿Qué cuestionamientos te provoca?
5.       ¿Qué se ha quedado conmigo para hacerlo vida?
6.       ¿A qué te compromete?



Hna. Ángela Cabrera, MDR.



[2] http://peru-cristiano.blogspot.com/2016/10/monsenor-ramon-zubieta-op-por-fr-angel.html

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jueves, 7 de diciembre de 2017

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miércoles, 4 de octubre de 2017

Revista Clar no 3

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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Entrevista a Biblista



Estamos a punto de terminar el trabajo que nos encargó el Papa»


Nuria Calduch Benages

Publicado: 10/09/2017: 683





Nuria Calduch-Benages (Barcelona, 1957) ha visitado Málaga para participar en las Jornadas de la Asociación Bíblica Española. Esta biblista, autoridad mundial en Sagrada Escritura, es la única mujer española en la Comisión de Estudio del Diaconado Femenino impulsada por el papa Francisco.

¿Puede contarnos algo del trabajo de la comisión sobre el diaconado femenino?
No puedo dar explicaciones relativas al trabajo realizado, porque así nos lo han pedido. El Papa nos pidió una investigación desde el ámbito histórico, teológico y antropológico, en torno al papel de la mujer en las primeras comunidades cristianas, y desde el momento en que nos convocaron hemos ido trabajando con mucha regularidad y seguimos avanzando. Estamos llegando casi al final del recorrido. Creo que la conclusión del trabajo de esta comisión no está lejano.

Y todo a raíz de la petición lanzada al Papa por una religiosa en la Asamblea de Superioras Generales de mayo de 2016.

Sí. Nació de una manera espontánea, no premeditada. De hecho, nació a raíz de una pregunta que una religiosa dirigió al Papa. Este escuchó, reflexionó y decidió crear una comisión de estudio. Y ahí estamos. Son cosas que una nunca hubiera pensado. Deseamos que nuestro trabajo sea para bien de todos.

¿Cómo interpreta las palabras del Papa de que hay que promover la participación activa de la mujer en la comunidad eclesial?
El Papa lo cree, lo predica e intenta que eso se haga realidad en la medida de lo posible. Yo estoy completamente de acuerdo y ofrezco mi pequeño grano de arena para que las mujeres podamos ir logrando más espacios. Si miro hacia el pasado, nuestro espacio se ha agrandado y llegamos a ciertos ámbitos antes reservados solo a los varones y clérigos. Hay que ser optimistas y agradecer también todos los esfuerzos de tantas personas y en particular de varias mujeres que han ido abriendo caminos. De todos modos, queda mucho por hacer. En la Iglesia los varones ocupan casi todo el espacio posible, las posiciones de responsabilidad, de toma de decisiones... El nuestro es un trabajo lento y hay que contar con muchas ayudas para llegar a espacios más compartidos.

¿Cómo se consiguen ensanchar esos espacios de participación femenina en la Iglesia de los que usted habla? ¿Cuál es el granito de arena que podemos aportar nosotras para contribuir a ello?
Hay muchas mujeres competentes, responsables y comprometidas con la Iglesia que pueden hacer aportaciones muy valiosas. Pero hay que contar con ellas, invitarlas, ofrecerles ámbitos y puestos de trabajo, responsabilidades y visibilidad. Y eso en la Iglesia no depende en primera instancia de las mujeres.

Su visita a Málaga responde a su participación en las Jornadas de la Asociación Bíblica Española. ¿Qué significan?
Las jornadas son una ocasión privilegiada que los y las biblistas españoles tenemos para encontrarnos, ya que la mayoría no nos vemos con frecuencia. Para mí, que vivo en el extranjero, es una oportunidad única de encuentro con mis colegas, no sólo para vernos sino para ponernos al día de las cuestiones científicas, publicaciones, proyectos... es un enriquecimiento mutuo. La vida de la asociación hace crecer también el entusiasmo de los biblistas jóvenes hacia el estudio y la difusión de la Biblia. Esto es muy importante: que las nuevas generaciones se hagan miembros de la Asociación y que participen activamente, porque necesitamos los relevos.

En estas jornadas abordó usted la figura del extranjero en el Antiguo Testamento. Nuestro mundo ha globalizado el comercio, las comunicaciones, pero también el crimen, el terrorismo, el miedo... y lejos de crecer en la fraternidad universal, nos vemos atenazados por la desconfianza hacia el extranjero. ¿Cuál es la enseñanza más importante que nos deja la Biblia para iluminar la situación actual a este respecto?
Aunque mi ponencia trataba del Antiguo Testamento, respondo con una página en el Evangelio: “Era extranjero y me acogisteis. – ¿Cuándo, Señor? – Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños que son mis hermanos, lo hicisteis conmigo” (cf. Mt 25,31-46). Acoger al extranjero es acoger al Señor, porque el Señor nos habla mediante él, mediante esa persona que necesita nuestra ayuda. Me atrevo a completar la enseñanza evangélica con mis propias palabras: acoger al extranjero es acogerme también a mí mismo; es acoger la distancia que me separa del otro, y, sobre todo, es acoger la libertad que me permite escucharlo, respetarlo y amarlo.

¿Qué pregunta le hace usted a la Biblia con más frecuencia cuando la estudia?
Son muchas, pero hay una especial: "¿a qué responde este texto bíblico?". Cuando leemos en el libro de Ben Sira «¡Sálvanos, Dios del universo!» (Eclo 36, 1), me pregunto quién está hablando, por qué este grito, qué está pasando a ese orante para que hable así, en qué circunstancias su súplica, qué hay detrás de ella. Todos los textos responden a una situación vivida por el autor, por la comunidad, una situación que no es etérea, sino radicada en una situación histórica, y eso te da la clave de lectura, qué es lo que se esconde detrás de los textos.

¿Tiene fin el estudio de la Sagrada Escritura?
No, el estudio nunca tiene fin, y el de la Biblia tampoco. La Biblia es un pozo de riqueza, de sabiduría, y cuánto más se la estudia, el horizonte se ensancha y una descubre que hay tantos y tantos detalles que nos pasan desapercibidos y merecen nuestra atención...
El Papa nos invita a acudir a la Biblia tanto como al móvil, pero estamos muy lejos de seguir su consejo.

¿Por qué se nos cae de las manos la Biblia?
Simplemente por desconocimiento, no es mala voluntad ni aversión. La Biblia es el libro más leído en todo el mundo, aunque quizás en nuestros ambientes sea prácticamente desconocido. Pero cuando las personas se acercan a ella, la leen, la estudian y la trabajan personalmente o en grupo, les parece maravillosa y se enganchan.
Muchas veces creemos saber ya lo que la Palabra de Dios nos dice, simplemente porque la hemos escuchado o leído muchas veces...
Es una tentación y te hace perder la capacidad de entrar en el texto y de sacarle lo mejor de él. Desconectamos porque pensamos que ya nos lo sabemos, pero no es cuestión de saber, sino de dejarse tocar por el texto con paciencia, en silencio, buscando los matices, las conexiones... eso requiere tiempo, es un proceso de lectura atenta, un proceso largo y muy personal.

Para el estudioso de la Biblia ¿existe el riesgo de pasar solo por el tamiz de la inteligencia ese objeto de estudio, y no dejarlo calar por el corazón?
El proceso de lectura cubre todas las etapas, pero la finalidad del trato con la Biblia no es el estudio objetivo. La Biblia es un libro vital, un libro de fe que quiere incidir en la vida de aquel que lo lee, por tanto este proceso hermenéutico tiene que desembocar en una vivencia personal enraizada en la vida actual del lector o lectora. La Lectio Divina o lectura orante, por ejemplo, y tantos otros métodos de lectura que existen en la actualidad ayudan a esta circularidad: la vida ilumina el texto y éste ilumina la vida. El punto final es la persona, su relación consigo misma, con Dios y con los demás.

¿Qué respuestas encuentra el ser humano, y concretamente la mujer, en la Sagrada Escritura?
El estudio de nuestras "antepasadas bíblicas" es una guía para reflexionar y buscar respuestas a la situación actual de la mujer, no solo en la sociedad y en el mundo sino también en la Iglesia. Nos separan dos mil años de distancia y ciertamente no se pueden hacer saltos mortales. Ahora bien, las situaciones y los problemas que aparecen en la Biblia son humanos (es decir universales). Leídas a la luz de la fe, las narraciones bíblicas transmiten el amor por la vida, por los demás, por el bien del pueblo y por Dios. Estos elementos pueden tener incidencia en nuestra vida actual. En cuanto a la mujer, hay historias muy significativas y algunas heroínas bíblicas son actualísimas. Basta pensar en Rut, Judit o Ester.

¿Cuál es su favorita?
Bueno, mi favorita es un poco particular porque no es de carne y hueso: me refiero a Doña Sabiduría, una figura misteriosa pero que trabaja duro (ríe).

En una época de renacimiento de la causa feminista, vemos que sin embargo aumenta la violencia y la injusticia a la que se somete a la mujer. ¿Qué puede aportar la Iglesia?
La realidad es muy dura y me hace estremecer la situación en que viven muchas mujeres en su propio hogar, y que repercute no solo en ellas, sino en los hijos, en las futuras generaciones. ¿Cómo erradicar este sometimiento y esta violencia que viven mujeres y niñas? Se habla mucho del movimiento feminista. En realidad el feminismo es una lucha por la justicia, no es nada más que eso. Una lucha legítima y que debería ser abanderada por todos. La Iglesia ha hecho mucho en favor de la mujer y ante situaciones de precariedad, violencia e injusticia siempre se pone en favor del oprimido. Tenemos la responsabilidad primera de luchar por todas estas mujeres que ven pisoteados sus derechos. La discriminación, la injusticia y la opresión del más débil es intolerable.


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